lafuriasomostodas

feminismo, masculinidad e igualdad

//EL DESEO SEXUAL DE LAS MUJERES

Más allá de si se debe formular en positivo o en negativo, y de cómo regularlo jurídicamente, el debate sobre el consentimiento y el deseo sexual de las mujeres es un debate clave. Qué quieren las mujeres, cómo lo quieren, cuándo, dónde. Reforzar el consentimiento y liberar el deseo nos alienta a situarnos como sujetas y a tomar una posición más asertiva para superar la entronización del deseo masculino. 

Hablar de consentimiento y de deseo sexual de las mujeres implica necesariamente politizar la sexualidad y exponer su vinculación con la estructura social. Prueba de ello es, precisamente, que el debate sobre el consentimiento y el deseo no existe de forma abstracta, sino que está acompañado de un momento muy particular de pulsión y expansión de la conciencia feminista donde se habla de igualdad real, de huelga, de metoo y de cuéntalo. 


En este sentido, sobre el debate que ha propuesto Clara Serra en cuanto al consentimiento y deseo sexual en su libro “El Sentido de Consentir” (2024), me parece que hay varias carencias muy problemáticas. En primer lugar, un análisis estructural y de género muy limitado. En segundo lugar, una visión psicologizante y despolitizada del deseo humano. Y, en tercer lugar, una descripción sesgada y estereotipada sobre qué dice y qué no una parte del feminismo en cuanto al sexo y al poder. 


Ausencia de análisis estructural y de género


En general, la aportación de Clara Serra relativiza e incluso obvia aquello que se construye social y estructuralmente y que afecta a las mujeres, tanto en sus relaciones sexuales como en otras facetas. 

Ella denuncia la visión idealista que se ha construido alrededor del consentimiento y afirma que hacer valer éste se convierte en “sinónimo de tener una relación sexual placentera y satisfactoria”. Y que por tanto, una política basada en el consentimiento, como la Ley de Libertad Sexual, parece una garantía para “librarnos de toda agresión”. Sin embargo, esta visión, que atribuye tanta determinación al impacto del debate sobre el consentimiento, no tiene en cuenta que éste, se acompaña de un momento histórico muy particular, en el que desde el feminismo se está problematizando todo lo relacionado con la sexualidad. Es decir, hay un análisis estructural en el que se reclama el consentimiento sexual al igual que se reivindican otras muchas cuestiones, igualmente determinantes. 

Algunas de ellas son: la necesidad de una educación sexoafectiva desde edades tempranas (incluyendo la edad adulta), la denuncia de cómo impacta sobre la sexualidad de las mujeres el vivir sometidas a la ley del agrado, la reivindicación del tiempo de ocio, de disfrute y placer para las mujeres o la hipersexualización de sus cuerpos. En otras palabras, exigir unas relaciones sexuales basadas en el mutuo consentimiento, la empatia y la consideracion no se produce en el vacío, sino que es una demanda específica que se sitúa en un momento histórico que reclama la justicia sexual desde muchos frentes. Por tanto, no parece riguroso afirmar que haya un feminismo que lo haya “apostado todo al consentimiento”. 

Pero la ausencia más sorprendente del libro es el silenciamiento sobre las implicaciones que tiene la construcción del deseo masculino. No se puede plantear un análisis feminista sobre la sexualidad sin mencionar la base patriarcal que tienen la formulación del consentimiento, la expresión de la voluntad y la construcción del deseo sexual, y esto implica necesariamente hablar de cómo el deseo de ellos se construye a costa del nuestro para, a partir de ahí, hacer las propuestas que se consideren importantes. 

El papel de los hombres es un elemento que Clara Serra ignora frecuentemente en sus análisis y, sin embargo, no parece útil filosofar sobre un problema de género sin tener en cuenta este mismo. De la misma manera que no podemos hablar de la brecha orgásmica, ni de la violencia sexual, ni de la hipersexualización de las mujeres sin hablar de patriarcado, de cómo y dónde se sitúan los hombres en estas cuestiones, no podemos analizar el consentimiento y el deseo sin tener en cuenta cuál es el papel de éstos en todo lo que rodea un encuentro sexual, principalmente la capacidad de escuchar y empatizar. 


Visión psicologizante y despolitizada del deseo sexual


Hacer este análisis (estructural y feminista) desvirtúa automáticamente la posición psicologizante y despolitizada que defiende Serra sobre el deseo, que ella describe así:

el deseo sexual existe siempre y necesariamente de forma opaca y velada (…), en ese terreno ambiguo y gris en el que ni querríamos tener que decir que sí ni querríamos tener que decir que no

Un espacio que parece que quedaría al margen de toda determinación, al no estar sujeto a nada y ser profundamente incognoscible. Aquí la pregunta que habría que plantear es: ¿está el deseo libre de condicionamiento social, y por tanto de lo que sucede estructuralmente? No. Clara Serra también estaría de acuerdo. Y aún así, decide no incluir esta cuestión clave en su análisis. 

Así, da a entender que hay un problema con explicitar que nuestro deseo está condicionado socialmente por el sistema patriarcal, y que hacerlo explícito, y no el hecho en sí, es el problema, que eso es lo que juega en contra de la necesaria liberación sexual de las mujeres. Esta cadena causal tergiversada se aplica también a la descripción que hace del encuentro sexual. Ella defiende que tenemos derecho a no saber lo que deseamos, y que solo en el encuentro mismo podemos experimentar y entender lo que nos gusta y apetece y que, por tanto, establecer a priori lo que tiene que pasar (explicando que esto sí o esto no) limita la exploración sexual. 

Bien, ¿qué es exactamente lo que puede limitar aquello que puede pasar en un encuentro sexual? Se podría decir que lo más limitante en el desarrollo de la exploración sexual es la incapacidad de unas para poder expresar (por lo verbal o corporal), en todo momento, si están a gusto o no, y la incapacidad de otros, para poder entender (por lo verbal o corporal), en todo momento, si la compañera está a gusto o no.

La mencionada ley del agrado, que se socialice a las mujeres para complacer y satisfacer a los hombres, y a éstos para desvincularse de las necesidades de las mujeres, es una de las grandes ausencias del “Sentido de Consentir”. Por tanto, partamos de cuáles son estos factores limitantes y de cómo solventarlos, para que las mujeres podamos, efectivamente, dar rienda a nuestro deseo. 


Descripción Sesgada y Estereotipada sobre el Poder y el Sexo


En tercer lugar, partir del hecho de que el deseo es impuesto patriarcalmente no significa, ni muchísimos menos, vincular todo encuentro sexual con un acto de sometimiento, ni instaurar un régimen de “terror sexual”, ni ver el sexo de forma maniquea como “un escenario de completa armonía o como la guerra total”. Y no por repetir muchas veces que “existe un cierto feminismo de la dominación que contempla la sexualidad, per se, como acto de opresión contra las mujeres”, se convierte en verdad. Este es el reduccionismo, por llamarlo de alguna manera, que hace Serra a la hora de formular su diagnóstico y el punto de partida para su análisis. Pero si el diagnóstico no es correcto, la propuesta tampoco. 

Se vuelve entonces aquí a invertir el orden causal y a señalar equivocadamente lo que hay que problematizar, y esto se hace con el recurso al supuesto “moralismo” que implicaría denunciar las relaciones de poder en el terreno sexual. Apoyándose en la noción de Butler sobre el poder (“es imposible eliminar toda relación desigual en el sexo y tampoco es conveniente hacerlo porque limitaría las posibilidades que la sexualidad ofrece”) Clara Serra elige alimentar la falsa dicotomía entre cuestionamiento del poder vs posición prosexo. 

Dicho de otra manera en modo afirmativo, ¡se puede cuestionar el poder sexual patriarcal y ser prosexo! Es más, reclamar una vida sexual sin impacto patriarcal es lo más prosexo que puede haber, porque nos permite a las mujeres salir del rol de objeto para pasar al de sujeto. En definitiva, Clara: no somos moralistas, ni frígidas, ni púdicas. Lo que somos es rigurosas analistas de la estructura patriarcal. Mujeres que asumen los costes que haya que pagar por hacer un feminismo combativo.


Marta Mateos Revuelta
Octubre 2024