“Disminúyete es un mandato de doble dirección (…). De una parte, ordena a las mujeres a que se hagan pequeñas, modestas e imperceptibles. De la otra, conmina a los hombres a condenarlas al silencio, la irrelevancia y la invisibilidad”.
“Empequeñecimiento voluntario”. “Autodisminución ritual”. “Inhibición de los conocimientos y capacidades”. “Socialización de la impotencia”. Todo ello es parte del diagnóstico que hacen Sara Berbel y Bernat Castany en su manual “Obedecedario patriarcal: Estrategias para la desobediencia”, donde enumeran los mandatos patriarcales a los que nos enfrentamos las mujeres y que impiden que se nos tenga en cuenta en condiciones de igualdad a la hora de tomar la palabra.
El Parlamento Europeo es una institución profundamente machista en la que continuamente se desprecia a las mujeres. Quedará para la historia aquella frase del diputado polaco Korwin-Mikke, que soltó en sesión plenaria en 2017: «¿Sabe usted cuántas mujeres hay entre los primeros cien jugadores de ajedrez? Se lo diré: ninguna. Por supuesto, las mujeres deben ganar menos que los hombres porque son más débiles, más pequeñas, menos inteligentes».
La ola de indignación que causó esta declaración fue inversamente proporcional a las consecuencias que tuvo la misma. Una impunidad que vienen denunciando las compañeras del METOO del Parlamento sobre, en concreto, una de las formas más claras de deslegitimación de las mujeres: el acoso sexual. Como señalan las compañeras:
“la gran parte de las denuncias por acoso terminan en una “invitación” a las afectadas a marcharse del europarlamento, al fomentarse un clima de protección e impunidad hacia los eurodiputados, donde la institución ha escogido, simplemente, protegerlos”.
Pero más allá de la clara e innegable manifestación de violencia política que supone el acoso sexual en las instituciones de gobierno, lo que es específico del machismo en el Parlamento Europeo es la creación de esa cultura en la que continuamente se refuerza la jerarquía, donde se endiosa a los eurodiputados, donde se toleran los comportamientos sexistas y donde, como consecuencia de todo ello, el sistema patriarcal acaba campando a sus anchas.
La traducción que esta dinámica tiene en el día a día de muchas mujeres que trabajamos o hemos trabajado en el europarlamento refleja muy bien lo mencionado sobre el análisis de Berbel y Castany, y desemboca en tener que dedicar tu tiempo a defender tu parcela de trabajo, a conseguir que se respeten tus opiniones, a que no se te delegue a tareas administrativas, a que se te escuche si denuncias comportamientos machistas… A que, en definitiva, se te tenga en cuenta como a una igual. Y lógicamente, dedicar la energía a estos menesteres acaba por mermar la motivación para participar, decidir y tomar responsabilidad. Acabas por hacerte a un lado como mecanismo de defensa.
Y, si embargo, que las mujeres no participemos es un lujo que no nos podemos permitir, menos aún en un europarlamento cada vez más virado a la ultraderecha, en el que se ha normalizado hacer apología de la guerra, que consagra la deshumanización de las personas migrantes, que firma acuerdos comerciales que siguen ahondando en el neocolonialismo y que glorifica el proyecto europeo ocultando su naturaleza neoliberal. No dejarse amedrentar por el machismo del día a día es una tarea muy pesada, pero si como feministas queremos darle la vuelta a todo es urgente hacerlo, y nada mejor que identificar esas situaciones concretas en las que compañeros de institución nos han ninguneado a nosotras o a nuestras compañeras, para agarrarnos a las redes de apoyo entre mujeres (las hay) y poder así navegarlas.
1.Pre-juzgar el desempeño de una compañera.
Se trata de evaluar (negativamente y con desdén) una tarea de análisis político (tradicionalmente adscrita al saber masculino) que va a ser desempeñada por una compañera sin esperar a tener argumentos para hacer ese juicio, es decir, sin esperar a que dicha compañera realice, de facto, esa tarea. “No creo que ella vaya a dar el perfil, en mi opinión, le queda grande el trabajo”.
2.Relativizar o ignorar comportamientos machistas.
Siendo consciente del carácter eminentemente patriarcal del espacio político, no tomar acción cuando una compañera expresa un malestar por una situación o declaración machista, esperando que el malestar pase, que el conflicto se suavice por sí solo (sin resolverse) o cuestionando el malestar mismo (y por ende a todas las que lo hemos expresado).
3.Hepeating.
Sucede cuando un compañero repite una propuesta política que ha hecho una compañera como si fuese una idea original, después de haberlo ignorado o relativizado cuando lo ha dicho ella, y cuando además el grupo le da legitimación intelectual a la idea una vez propuesta por el compañero, y no antes. “Buena idea, si señor. (aplauso).”
4.Interrupción.
Consiste en interrumpir a las compañeras cuando están hablando para añadir, matizar, corregir o relativizar una evaluación política. “(interrupción) Bueno, en realidad eso no es así exactamente, lo que ocurre es que…”. Nada nuevo para las que trabajan en la toma de decisiones y la producción de ideas. Lo que quizás pasa más desapercibido es comenzar a murmurar (y por tanto enajenarse de la reunión/conversación) cuando empieza a hacer propuestas, en concreto, una compañera.
5.Ignorar la presencia física de una compañera.
Se trata de una especie de fratría soterrada en la que se da la siguiente situación: un compañero de alta jerarquía (eurodiputado) mantiene contacto visual solo con los otros compañeros presentes (en rangos inferiores, por ejemplo, asesores parlamentarios), a quienes dirige su discurso en exclusividad, ignorando la presencia de la compañera (que también es asesora).
6.Criticar la estrategia de seducción de las mujeres que trabajan en política.
Censurar a las mujeres que utilizan el juego de la seducción para que se las tome en consideración sin reflexionar sobre el contexto y sin tener en cuenta que es una estrategia empleada ante la falta de acceso de las mujeres a las esferas de participación y toma de decisiones.
7.Despolitización de los cuidados.
Es decir, articular “los cuidados” de forma autoreferencial, reducirlo a un mero “nos tratamos con cordialidad”, sin vinculación con el trato diferencial que se da a las compañeras y sus aportaciones en el día a día del trabajo parlamentario. Se trata de obviar que “hacer de los cuidados el centro de todo” implica, como todo reclamo feminista, que los compañeros hagan un trabajo de introspección y se pregunten qué legitimidad y valor le dan a las intervenciones de sus compañeras, y si continúan evaluándolas y deslegitimándolas desde el sesgo machista.
8.Acaparar la palabra/hacer todología y machoexplicación
Y hacerlo además en una institución política que legitima la razón política androcéntrica. Esto es: ocupar de forma ilegítima el tiempo de palabra, invadiendo así el espacio de las compañeras, y hacerlo además en un tono de voz aumentado y solapador; hacer ver que sobre cada debate y tema políticos se tiene una opinión elaborada (cosa imposible), y que además esa opinión es la definitiva y no admite respuesta ni matiz; sentir una imperiosa necesidad de explicarle cosas sobre la realidad política a la compañera cuando ésta ni lo ha solicitado, ni le resulta interesante.
Como ya he avanzado, en un contexto tan hostil, las redes de apoyo mutuo entre mujeres son imprescindibles.
Estas redes deberían trascender las diferencias políticas (sobre todo las que son reconciliables) y sustentarse en el reconocimiento de que la única manera de evitar que se haga una política que no nos representa, es que nosotras hagamos la nuestra propia. Para eso hay que participar, y la única manera de conseguirlo es haciendo de tripas corazón y convirtiendo la sororidad en nuestra bandera.
Marta Mateos Revuelta
Septiembre 2024